Por: David Rosenthal @rosenthaaldavid
“El hombre está condenado a ser libre.” — Jean-Paul Sartre, El ser y la nada, 1943
Hay sociedades que forman ciudadanos y sociedades que fabrican dependientes. La diferencia suena abstracta hasta que se convierte en destino nacional.
Israel ofrece una lección nítida. El sionismo pionero no soñó con un pueblo protegido, sino con un “nuevo judío”: trabajador, productivo, capaz de cultivar, construir y defender. La conquista del trabajo no fue un eslogan; fue un programa de carácter. Incluso el kibutz, pese a toda su carga colectivista, partía de una exigencia implacable: nadie vivía del esfuerzo ajeno. Se trabajaba juntos porque se construía juntos.
Ese espíritu no se fosilizó en la tierra. Mutó: del pionero al científico, del kibutz a la startup, del arado al algoritmo. Cambió el modelo; no cambió la premisa. El individuo puede ser protagonista de su destino. Israel, conviene recordarlo, no nació de derechas: gran parte de sus fundadores eran socialistas. La lección, entonces, es otra: hasta el proyecto más colectivista puede exigir disciplina, productividad y responsabilidad personal.
América Latina aprendió, durante décadas, la lección inversa.
Construimos Estados que prometieron resguardar al ciudadano de casi todo —empleo, subsidio, contrato, pensión, oportunidad—, y que en el camino dejaron de ser árbitro para convertirse en proveedor. Cuando la protección se vuelve dependencia, y la dependencia clientelismo, el ciudadano se transforma en cliente, el funcionario en dueño temporal del erario, y el presupuesto en botín.
Ese hartazgo explica, más que cualquier manifiesto, el giro político de la región.
La nueva derecha no avanza solo por ideología. Avanza porque millones de personas que producen están cansadas de ser tratadas como yacimiento fiscal inagotable, llamado a sostener maquinarias que aprendieron a vivir del Estado antes que a competir con él. Empresarios, economistas, periodistas y ciudadanos formados fuera de la política han empezado a disputar el poder a élites que lo administraban como patrimonio propio. Milei es la expresión más abrupta de esa ruptura; Bukele responde a otra herida —la seguridad—, pero ambos señalan el mismo agotamiento: una política tradicional incapaz de entregar resultados.
No todo el que se declara de derecha trabaja. No todo izquierdista es un parásito. Esa caricatura no merece discusión. Lo que sí merece discusión es qué premia una sociedad.
Si se premia el esfuerzo, habrá más esfuerzo.
Si se premia la iniciativa, habrá más emprendedores.
Si se premia la creación de riqueza, habrá quien intente crearla.
Si se premia la captura del Estado, aparecerán quienes descubran que resulta más rentable vivir de él que construir algo fuera de él.
Ese es el drama latinoamericano: no necesitamos Estados débiles, necesitamos Estados que no puedan ser capturados. Un Estado fuerte garantiza seguridad, justicia, infraestructura y reglas. Un Estado hipertrofiado, convertido en fábrica de favores y empleos políticos, castiga precisamente a quienes lo financian. Ya lo intuyó Gómez Dávila, a su manera reaccionaria: el Estado que se convierte en providencia termina por convertir la libertad en simple trámite.
El que trabaja, paga impuestos, emprende y arriesga su patrimonio no puede sentirse un extraño dentro del Estado que sostiene.
Por eso la discusión de fondo ya no es izquierda o derecha. Es autonomía o dependencia: quienes quieren construir su futuro frente a quienes prefieren administrar el ajeno; una sociedad que produce riqueza frente a una política que aprendió a vivir de ella.
Israel comprendió, desde el principio, que ningún proyecto nacional se sostiene sobre ciudadanos permanentemente pasivos. América Latina debería entender lo mismo: la solidaridad puede ayudar a alguien a ponerse de pie; no puede convertirse en la excusa para impedirle caminar.
La grandeza de una nación no se mide por cuántos logra mantener dependientes del Estado, sino por cuántos convierte en ciudadanos capaces de trabajar, crear, emprender y responder por su propio destino.
Cuando una sociedad premia al que construye, tendrá constructores. Cuando premia al que emprende, tendrá emprendedores. Cuando convierte al Estado en el premio, tendrá competidores dispuestos a capturarlo.
Sartre decía que el hombre está condenado a ser libre. América Latina empieza, apenas, a descubrir que también está condenada a trabajar para merecerlo. Esa es la rebelión que asoma en la región: la de quienes producen y ya no aceptan que otros vivan indefinidamente de su esfuerzo.