Por Silverio Jose Herrera Caraballo.
En tiempos de incertidumbre, polarización y desconfianza hacia la clase política tradicional, la democracia exige algo más que discursos bien elaborados y promesas repetidas. Exige coherencia, carácter y, sobre todo, experiencia real al servicio del país. En ese contexto, la incursión de un veterano de la Fuerza Pública en la contienda política por la Cámara de Representantes no solo resulta legítima, sino necesaria, pertinente y profundamente coherente con las urgencias que hoy vive Colombia y, en particular, el departamento de Sucre.
Durante décadas, hombres y mujeres de la Fuerza Pública han sido los garantes silenciosos de la seguridad, la estabilidad institucional y la soberanía nacional. Han operado lejos de los reflectores, en territorios donde el Estado apenas llegaba, enfrentando amenazas reales, tomando decisiones bajo presión y actuando siempre bajo el rigor de la ley, la disciplina y el deber. Esa formación, muchas veces ignorada en el debate político, constituye hoy uno de los activos más valiosos que puede ofrecer un veterano a la vida pública.
Un veterano de la Fuerza Pública no llega a la política improvisando. Llega con una hoja de vida forjada en la exigencia, en la responsabilidad sobre vidas humanas y en el cumplimiento estricto de la misión asignada. La probidad no es para él un discurso de campaña; es una práctica cotidiana aprendida en años de servicio, donde cada acción tiene consecuencias y donde el honor no es una palabra vacía, sino un principio rector.
En departamentos como Sucre, golpeados históricamente por la inseguridad rural, la extorsión, el abigeato y la presencia de estructuras criminales, hablar de liderazgo no puede reducirse a la capacidad de confrontar desde un atril. Se requiere liderazgo probado, del que se ejerce en el terreno, del que sabe coordinar, escuchar, planear y actuar con firmeza. Un veterano entiende el concepto de seguridad de manera integral: no como represión, sino como condición indispensable para el desarrollo, la inversión, el empleo y la tranquilidad de las familias.
La experiencia de la Fuerza Pública aporta además una visión estratégica del Estado. Un veterano conoce de primera mano las falencias institucionales, las brechas entre el centro y las regiones, y las consecuencias reales de las malas decisiones políticas. Sabe lo que significa legislar sin conocimiento del territorio y comprende la importancia de que las leyes respondan a la realidad y no a la ideología. Por eso, su presencia en el Congreso representa una oportunidad para construir normas más realistas, más justas y más orientadas a resultados.
A diferencia de muchos actores políticos tradicionales, un veterano no llega a la contienda con el cálculo del beneficio personal, sino con la convicción del servicio. Cambia el uniforme por la palabra, pero no renuncia a los valores que lo formaron: lealtad, disciplina, respeto por la institucionalidad y compromiso con la patria. En un escenario donde la política ha sido capturada por el oportunismo, esa diferencia marca un antes y un después.
La seguridad, entendida como garantía de derechos y libertades, es otro de los pilares que un veterano puede liderar con autoridad moral. Su voz tiene peso cuando se discuten políticas de orden público, atención a víctimas, fortalecimiento de la Fuerza Pública y respaldo a quienes aún hoy arriesgan la vida en cumplimiento del deber. No se trata de militarizar la política, sino de dotarla de sentido de responsabilidad y conocimiento técnico.
La incursión de un veterano en la política también envía un mensaje poderoso a la sociedad: que el servicio al país no termina con el retiro, que la experiencia no se desecha y que la democracia se fortalece cuando quienes han defendido la institucionalidad participan activamente en su construcción. En regiones como Sucre, donde la ciudadanía reclama líderes creíbles, cercanos y firmes, esta apuesta representa una alternativa distinta y esperanzadora.
Colombia necesita menos improvisación y más carácter. Necesita menos retórica y más experiencia. La llegada de un veterano de la Fuerza Pública a la Cámara de Representantes no debe verse como una excepción, sino como una evolución natural del servicio a la patria. Porque quien ha demostrado liderazgo en los momentos más difíciles, también está en capacidad de legislar con responsabilidad, visión y compromiso por el bienestar colectivo.
Hoy, cuando el país debate su rumbo y las regiones claman por soluciones reales, vale la pena preguntarse: Acaso no ha llegado el momento de confiar en quienes ya demostraron, con hechos y no con promesas, que saben servir, liderar y proteger lo que más importa: ¿la Nación y su gente? En virtud de lo anterior, el Sargento Mayor de Infantería de marina Robert Galvis Vargas va a la cámara de Representantes por Sucre, con la firme intención de Oxigenar la política tradicional que ha prevalecido por años en el departamento, un Veterano que busca el apoyo del pueblo Sucreño y en especial del grupo poblacional de Veteranos y reservas, porque considera que es el momento coyuntural para hacerlo.