La vocación de poder y la felicidad son de todos

La educación superior pública no promueve, bajo ninguna circunstancia, la vocación de poder como un camino de vida legítimo ni como una posibilidad de realización personal para quienes pasan por sus aulas. En la práctica, llegar a posiciones de poder sigue siendo una posibilidad reservada, en buena medida, a quienes cuentan con determinadas condiciones personales, familiares, sociales o económicas, o a quienes logran abrirse camino en el ejercicio de la política, una actividad cada vez más elitista y minoritaria. No deja de ser significativo que más del setenta por ciento de los colombianos manifieste no pertenecer a ningún partido político.

Durante décadas, algunas instituciones académicas privadas de prestigio han mantenido una importante hegemonía narrativa en la formación de quienes dirigen no solamente la Administración Pública, sino también la alta dirección empresarial de un tejido industrial y productivo todavía débil e incipiente. Menos de cuatro mil empresas tendrían la capacidad económica para sostener nóminas de cien o más empleados con sus respectivas obligaciones laborales, prestaciones sociales y aportes parafiscales, en un país que supera los cincuenta y dos millones de habitantes.

Las deficiencias en la estructura y prestación de los servicios públicos a la ciudadanía no deben confundirse, y mucho menos en el contexto actual, con simples actos de negligencia, incompetencia o torpeza administrativa. También es necesario preguntarse si ese orden deficiente resulta funcional a determinados actores de poder y a élites consolidadas que encuentran en la desorganización institucional un ecosistema conveniente para preservar sus privilegios, reproducir sus narrativas y continuar ejerciendo su influencia.

La pregunta es inevitable: ¿la centroderecha hará algo más allá de las contiendas electorales para despertar y promover la vocación de poder?

Nicolás Gómez Dávila escribió:

«Una sociedad ideal sería el cementerio de la grandeza humana».

«El pueblo no se rebela nunca contra el despotismo sino contra la mala alimentación».

«Ni cristianismo ni paganismo enseñan éticas altruistas. Tanto la moral cristiana como la moral pagana son individualismos éticos, que imponen deberes sociales tan sólo como medios de nuestra perfección terrestre o de nuestra salvación enigmática».

Nicolás Gómez Dávila, filósofo y escritor colombiano (1913-1994).

EL MIEDO Y LA IGNORANCIA SON HERMANOS… Y LOS PADRES DE LA FALSA FELICIDAD

El dueño del colegio donde estudié era un geólogo egresado de la Universidad Nacional que representaba, a mi juicio, el cinismo criollo en una de sus expresiones más particulares. En especial, aquella actitud que puede encontrarse en ciertos profesionales formados en la educación superior pública, a quienes se les ha enseñado a reconocer como sus principales fortalezas el conocimiento técnico y la capacidad de adaptación a los engranajes de una institucionalidad burocrática, frustrante, corrupta y paquidérmica como la de nuestro Estado.

Con él mantengo una relación de legado, amor y odio. Le debo nada más y nada menos que haber descubierto, desde los quince años, que el estudio de la filosofía era mi vocación. Sin embargo, también le debo algunos de los mayores conflictos intelectuales y enfrentamientos con la autoridad que he experimentado hasta el día de hoy, diecisiete años después de graduarme del colegio.

Tenía innumerables frases que utilizaba junto con sus máximas pedagógicas y científicas. Una de ellas sostenía que «la ignorancia es la madre de la felicidad». Para explicarla, recurría al ejemplo de las personas que construían viviendas informales en las rondas de los ríos o sobre laderas inestables. Eran felices porque habían conseguido satisfacer una necesidad fundamental: tener un techo y un lugar donde refugiarse. Sin embargo, esa aparente tranquilidad podía desaparecer cuando llegaba un terremoto, una inundación o una creciente. Sin comprender los riesgos a los que estaban expuestas, y aparentemente «dopadas» por la satisfacción inmediata de haber conseguido una vivienda, podían terminar perdiendo la vida como consecuencia de una decisión que desconocían que era peligrosa.

Esta reflexión permite plantear una paradoja: ¿hasta qué punto el desconocimiento de la realidad puede producir una felicidad aparente?

Existen numerosas reflexiones filosóficas sobre la posibilidad de que el conocimiento, en lugar de producir felicidad, genere conflictos internos. Aprender implica, muchas veces, confrontar y reemplazar prejuicios, creencias y opiniones que durante años hemos considerado verdades incuestionables. Es lo que actualmente suele denominarse deconstrucción.

El conocimiento no siempre es un proceso cómodo. En la Biblia encontramos referencias a las divisiones y los conflictos familiares que podía provocar la aceptación del mensaje de Jesucristo. Los procesos de formación también pueden ser dolorosos y frustrantes, como sucede con el acondicionamiento físico, que exige disciplina, sacrificio y constancia. Lo mismo ocurre con los procesos de ahorro, acumulación de capital y crecimiento económico: sus resultados requieren renunciar a satisfacciones inmediatas para construir posibilidades futuras.

Conocer una verdad puede abrir heridas, despertar recuerdos poco agradables y obligarnos a confrontar situaciones que preferiríamos evitar. Sin embargo, también puede representar el comienzo de una liberación, siempre que tengamos la disposición de reconocer la realidad y construir sobre ella, sin elucubraciones, prejuicios ni vacíos de comprensión.

La ignorancia suele ir acompañada del miedo. Este último puede entenderse como la incertidumbre que experimentamos frente a aquello que desconocemos y ante los acontecimientos inesperados de nuestra vida social y ambiental. Cuando no contamos con herramientas para comprender nuestro entorno, somos más vulnerables a las amenazas, reales o imaginarias, que otros pueden construir a nuestro alrededor.

La sociedad, al organizarse y establecer diferentes estructuras de validación para determinar quiénes pueden participar, ascender y pertenecer a sus distintos espacios, se convierte en un sistema extraordinariamente complejo. Dentro de esas estructuras encontramos, por supuesto, el sistema educativo y, como parte de él, la educación superior y universitaria.

Ninguna de estas estructuras está completamente libre de relaciones de poder, intereses particulares o agendas que pueden resultar perjudiciales para el conjunto de la sociedad. Existen élites que buscan preservar sus posiciones de dominación mediante la construcción de temores, amenazas y enemigos imaginarios. Identifican a quienes son más susceptibles a experimentar esos miedos y los mantienen dentro de determinados límites sociales, económicos e intelectuales, impidiéndoles desarrollar plenamente sus capacidades y aspiraciones.

Mientras tanto, quienes ya ocupan posiciones privilegiadas y sus herederos continúan reproduciendo las condiciones que les permiten permanecer en la cima.

El miedo y la ignorancia, entonces, no solamente condicionan la felicidad individual: también pueden convertirse en instrumentos de reproducción del poder.

¿LA VOCACIÓN DE PODER ES LIBERTAD?

Además de mi interés por la filosofía, hasta 2019 tuve el sueño de estudiar esa carrera en la Universidad de los Andes. En mi imaginario personal, representaba una mezcla de aspiraciones, expectativas y mitos alrededor de una institución reconocida como parte de la élite académica colombiana.

Sin embargo, también me interesaba comprender qué significaba realmente pertenecer a esa élite: un concepto que, en ocasiones, resulta gaseoso, clasista y carente de suficiente autocrítica. Considero que las instituciones académicas tradicionalmente prestigiosas atraviesan transformaciones importantes y enfrentan cuestionamientos sobre su papel en la sociedad contemporánea.

Durante los últimos años he observado una creciente politización de las agendas de algunas universidades de élite, un fenómeno que merece especial atención por las implicaciones que puede tener. Cuando el prestigio académico, los recursos económicos y los intereses de clase del establecimiento se articulan con los medios de comunicación, determinados sectores de la empresa privada —o, más precisamente, con los oligopolios y los grandes gremios económicos— y con narrativas ideológicas o confesionales, se configura una capacidad considerable para influir en la opinión pública y establecer jerarquías sobre qué discursos, proyectos y trayectorias de vida merecen reconocimiento.

El problema aparece cuando esa capacidad de influencia se utiliza para desgastar, excluir o incluso destruir determinadas trayectorias personales y colectivas, convirtiendo algunas vidas en prescindibles dentro de las dinámicas de poder.

En ese escenario se produce una ruptura, a veces tácita, del principio de igualdad. Se construyen jerarquías y barreras invisibles que permiten a determinados grupos dominar las narrativas, establecer los criterios de reconocimiento y conservar posiciones de influencia. Las transformaciones tecnológicas, la velocidad de circulación de la información y la capacidad de difusión de nuevas doctrinas e ideas aceleran estas mutaciones del poder y modifican las formas tradicionales de consolidación de las élites.

Sin embargo, hay una cuestión que no podemos perder de vista: el problema no es la existencia del conocimiento, el mérito, la excelencia académica o el liderazgo. El problema surge cuando estos elementos se convierten en mecanismos de exclusión y cuando las oportunidades para ejercer influencia sobre la sociedad quedan concentradas en círculos cada vez más reducidos.

Siempre habrá una pregunta fundamental: ¿a quién le conviene ese orden?

Y de allí surge la cuestión que pretendo desarrollar en esta serie de columnas: ¿cómo recuperar la vocación de poder en la educación superior pública y cuál ha sido su proceso de involución?

Cuando hablo de vocación de poder no me refiero exclusivamente a la aspiración de ocupar cargos públicos, alcanzar posiciones burocráticas o participar en las contiendas electorales. Me refiero, ante todo, a la capacidad de las personas para reconocer su potencial, desarrollar autonomía intelectual, intervenir en las decisiones que afectan a la sociedad y participar activamente en la transformación de las instituciones.

El poder también significa tener la posibilidad de construir, dirigir, proponer, cuestionar y transformar. Significa dejar de ser un espectador de las decisiones de otros para convertirse en un actor capaz de incidir sobre su propia realidad.

En ese sentido, la vocación de poder también es una expresión de libertad.

La educación superior pública debería ser uno de los principales escenarios para desarrollar esa capacidad. No puede limitarse a formar profesionales técnicamente competentes, preparados para adaptarse a las estructuras existentes y ocupar posiciones dentro de un engranaje institucional. También debe formar personas con ambición intelectual, capacidad de liderazgo, pensamiento crítico y disposición para disputar democráticamente los espacios de decisión.

No se trata de reemplazar unas élites por otras, sino de ampliar las posibilidades de participación, liderazgo e incidencia para quienes históricamente han permanecido al margen de los espacios donde se toman las grandes decisiones del país.

La vocación de poder no debería ser un privilegio heredado, una consecuencia exclusiva del origen social o una posibilidad reservada a quienes transitan por determinados círculos académicos, económicos y políticos. Debe ser una aspiración legítima de cualquier persona que tenga la voluntad, las capacidades y las oportunidades para contribuir a la transformación de su sociedad.

En 2027 debemos recuperarnos.

Recuperar la capacidad de pensar, de cuestionar, de construir y, sobre todo, de aspirar a dirigir nuestro propio destino. Porque una educación superior pública que no despierta la ambición de transformar la sociedad termina formando espectadores de un orden que otros decidieron por ellos.

Abstract
No se trata de reemplazar unas élites por otras, sino de ampliar las posibilidades de participación, liderazgo e incidencia para quienes históricamente han permanecido al margen de los espacios donde se toman las grandes decisiones del país.