Colombia está sentada sobre un mapa estratégico y no se ha dado cuenta

Por: David Rosenthal @rosenthaaldavid

Hay países cuya importancia geopolítica depende de su tamaño, de su poder militar o de su capacidad económica. Y hay otros cuya principal ventaja está dibujada en el mapa. Colombia pertenece a este segundo grupo, aunque durante décadas haya actuado como si no lo supiera.

Tenemos costas sobre el Caribe y el Pacífico, una posición privilegiada frente al Canal de Panamá y acceso a una de las regiones marítimas más importantes del planeta. Poseemos, además, recursos energéticos y minerales cuyo valor crece con la transición tecnológica. Sin embargo, seguimos pensando la política exterior desde la coyuntura, mientras el sistema internacional atraviesa una transformación más profunda: la geografía ha vuelto a ser poder. Estados Unidos y China compiten por tecnología, comercio y acceso a recursos estratégicos; Rusia mantiene una política exterior agresiva; India crece; Europa busca recuperar capacidad estratégica. En ese tablero, la pregunta para Colombia no es escoger entre Washington y Pekín, sino cómo convertir su posición geográfica en poder nacional.

Durante mucho tiempo asociamos la geopolítica con ejércitos y fronteras. Eso sigue siendo fundamental, pero ya no basta. La competencia entre potencias también se libra alrededor de los semiconductores, la inteligencia artificial, los centros de datos, los cables submarinos y los minerales necesarios para fabricar la tecnología del futuro. Washington usa controles de exportación para limitar la capacidad china; Pekín busca reducir su dependencia y construir sus propias cadenas. La competencia ya no consiste solamente en quién fabrica más, sino en quién controla los componentes indispensables para que funcione la economía del futuro. Y ahí Colombia tiene que empezar a hacerse preguntas: ¿quién controla nuestras infraestructuras digitales críticas?, ¿dónde están nuestros cables submarinos y qué capacidad tenemos para protegerlos?, ¿qué estamos haciendo para desarrollar inteligencia artificial propia? Parecen preguntas técnicas. No lo son. Son preguntas de soberanía.

La relación con China será inevitable para cualquier gobierno colombiano; su influencia regional no se limita al comercio, sino que participa en infraestructura, energía y logística. Colombia no puede ignorar esa realidad, pero tampoco debería abordarla desde la ingenuidad. El problema comienza cuando no se distingue entre una inversión comercial ordinaria y una infraestructura de importancia estratégica. Un puerto no es únicamente un puerto; una red de telecomunicaciones no es solamente una red. Colombia necesita una política seria de revisión y protección de infraestructura crítica, independientemente del origen del capital. No se trata de cerrar las puertas a China, sino de saber qué puertas no pueden quedar sin vigilancia.

La misma lógica aplica a Estados Unidos. Colombia tiene con Washington una relación histórica y estratégica que ningún gobierno debería desconocer, pero una alianza no debería confundirse con subordinación. El país puede tener una relación privilegiada con Estados Unidos y, al mismo tiempo, desarrollar relaciones comerciales con China, India y Europa. Eso no es equidistancia: es diplomacia. Una política exterior inteligente no pregunta de manera permanente "¿con quién estamos?", sino "¿qué necesita Colombia y qué puede obtener de cada relación?". La autonomía estratégica no significa romper con Washington ni acercarse automáticamente a Pekín. Significa tener capacidad propia para negociar con ambos.

Quizá la mayor oportunidad colombiana esté tan cerca que hemos dejado de verla: el Pacífico. Colombia tiene salida directa a este océano y, sin embargo, esa costa ha permanecido relativamente desconectada del centro económico del país. Buenaventura debería ser el corazón de una estrategia nacional hacia Asia, lo que exige infraestructura portuaria, ferrocarriles, seguridad y conectividad digital. Lo mismo puede decirse del Caribe, plataforma natural hacia Norteamérica, Europa y el Canal de Panamá. Colombia tiene, en términos geográficos, algo que muchos países pagarían por tener: dos puertas hacia dos grandes espacios marítimos. Pero tener la puerta no significa saber utilizarla.

En esa geografía hay un vecino que solemos mencionar de paso y que concentra buena parte del valor de nuestras dos costas: Panamá. El Canal es el único punto del hemisferio donde el Atlántico y el Pacífico se tocan por decisión humana. Cuando el Estrecho de Ormuz se tensiona o el Mar Rojo se encarece, el valor relativo del istmo sube, y eso condiciona a Colombia: Buenaventura y Cartagena viven en un sistema de rutas cuyo cuello de botella está a pocas millas náuticas. Panamá dejó de poder fingir que el Canal era solo un activo comercial: Washington reivindicó, en tono de recuperación, una vía que entregó en 1999, y China respondió con presión sobre buques de bandera panameña. El mensaje no era jurídico, era geopolítico: la neutralidad del istmo ya no se presume, se negocia bajo presión. Colombia no administra el Canal, pero tampoco puede diseñar una estrategia pacífico-caribeña de espaldas a él.

Si el Canal es la puerta formal entre océanos, el Darién es la puerta informal entre sociedades: doscientos sesenta y seis kilómetros de selva que son, en realidad, un vacío con consecuencias —migración, cocaína, minería ilegal, grupos armados—. Necoclí, Urabá y el Golfo no son notas de color regional: son la bisagra entre el sistema portuario colombiano y el sistema de seguridad panameño. Hay, además, un proyecto que ilustra con precisión esta tesis: la interconexión eléctrica Colombia-Panamá, con tramo submarino hacia Necoclí, que podría convertir a Urabá en nodo y no en orilla. Como un puerto o un cable de datos, tendrá doble lectura: comercial en tiempos normales, estratégica cuando la energía se vuelva instrumento de presión. Si se construye con reglas claras y control soberano sobre el tramo colombiano, será autonomía; si se improvisa, será otra pieza que las potencias leerán antes que nosotros.

Hay, finalmente, un elemento que Colombia apenas comienza a comprender: buena parte de la economía digital mundial viaja físicamente por el fondo de los océanos, y eso convierte al lecho marino en una nueva frontera estratégica. El país que crea que la seguridad nacional consiste solamente en proteger fronteras terrestres está pensando con categorías del siglo XX. Algo parecido ocurre con el litio, el cobre, el níquel y las tierras raras: no basta con preguntarse cuánto podemos exportar, hay que preguntarse qué lugar queremos ocupar en la cadena de valor. América Latina tiene una larga experiencia exportando materias primas y capturando una fracción pequeña del valor generado después; Colombia no debería repetir automáticamente ese modelo con los recursos que serán estratégicos para la economía tecnológica.

Colombia no necesita convertirse en una superpotencia ni elegir una nueva Guerra Fría. Necesita algo más realista: una estrategia nacional de poder que entienda que la política exterior, la infraestructura, la seguridad, la energía y el comercio forman parte de una misma ecuación. Hay que mirar al Pacífico como ventana hacia Asia, al Caribe como plataforma geopolítica, a Panamá como la bisagra del istmo —Canal, Darién e interconexión—, y a nuestros recursos naturales como instrumentos de negociación y no solo como productos de exportación.

Porque mientras Colombia se pregunta cuál debería ser su lugar en el nuevo orden mundial, las grandes potencias ya están mirando el mapa. Y en ese mapa hay algo que todavía no hemos aprendido a valorar: Colombia no está en la periferia del tablero. Colombia está sentada sobre él.

@rosenthaaldavid

Abstract
En esa geografía hay un vecino que solemos mencionar de paso y que concentra buena parte del valor de nuestras dos costas: Panamá.