Colombia lleva medio siglo premiando la autodestrucción de sus escritores y callando sus búsquedas de fe. Sergio Esteban Vélez, director del Instituto Caro y Cuervo, lo dijo en voz alta y la respuesta fue el escándalo, no el argumento.
Qué se dijo y qué se respondió
Vélez asumió la dirección del Instituto Caro y Cuervo el 7 de septiembre de 2026. Semanas después, las cuentas oficiales del Instituto publicaron dos videos suyos, según reconstruyó Cambio.
El primero, a los 50 años de la muerte de Gonzalo Arango, presentó al fundador del nadaísmo como un hombre que se apartó de su rebeldía y terminó rendido ante el misterio de Dios. El segundo, a los 75 años del nacimiento de Andrés Caicedo, lamentó las obras que su suicidio le quitó al país y sostuvo que esa muerte fue una tragedia individual y no un acto revolucionario. Cerró con una exhortación: “Dejar de aplaudir el abismo”.
La respuesta tuvo dos niveles. Hubo objeciones mas populares, Héctor Abad Faciolince lo descalificó y recordó que cada suicidio es distinto. Lo que no queda claro como postura etica; Catalina Valencia, exdirectora de Idartes, advirtió que el Instituto no puede ser el púlpito personal de su director; los estudiantes pidieron pluralidad y derecho a réplica. Y hubo lo otro: una avalancha de insultos personales que Minuto60 recogió sin dificultad.
Lo revelador es lo que casi nadie discutió. En las críticas publicadas hasta hoy no aparece una sola prueba de que la muerte de Caicedo no haya sido romantizada, ni una sola negación de que Arango terminara sus días en la fe. Se atacó al mensajero, al tono y al canal. La tesis quedó en pie.
Caicedo: el mito contra el expediente
El mito es conocido. Un muchacho genial dijo que vivir más de 25 años era una insensatez, y a los 25 se mató, con el primer ejemplar de su novela recién llegado a sus manos. Colombia convirtió esa secuencia en leyenda y la leyenda en mercancía.
Las pruebas de esa romantización no hay que inventarlas, están impresas. Un portal nacional presentó sus cartas como excusa para volver sobre “nuestro suicida favorito” (Las2orillas, 2020). Otro texto le atribuye como divisa la consigna de vivir rápido y dejar un cadáver hermoso (Las2orillas, 2021). En un homenaje se elogió su valor para enfrentar con la propia vida a una sociedad rígida (Las2orillas, 2017). Un diario lo declara joven para siempre (La Gaceta). Eso es aplaudir el abismo, con todas las letras.
El expediente dice otra cosa. Su hermana Rosario declaró en ese mismo homenaje que Andrés se mató buscando refugio, porque era una persona profundamente torturada por problemas emocionales, por angustia, miedo y terror. En 1976 había intentado matarse dos veces y pasó por una clínica psiquiátrica desde la que suplicaba a sus padres que lo sacaran. Dos años antes ya le había anunciado su muerte a su madre en una carta manuscrita.
Su último día tampoco se parece al mito. La víspera fue una noche de alcohol y sustancias que terminó en pelea con su novia. Al día siguiente almorzó en casa de sus padres, y su madre lo despidió con un beso y lo invitó a pasar el fin de semana, según cuenta Rosario Caicedo. Horas después tomó sesenta pastillas de Seconal. Una de sus dos últimas cartas buscaba reconciliarse con la mujer con la que había peleado.
Hay que decirlo sin anestesia. Ahí no hubo heroísmo, ni filosofía, ni revolución. Hubo un joven enfermo, recién salido de una noche de excesos, en su tercer intento en menos de un año, a quien nadie logró salvar. Su suicidio no fue una obra: fue el final de todas las obras. Vélez acierta cuando recuerda que esa muerte le quitó a Colombia los libros que Caicedo habría escrito en cincuenta años más de vida.
Y hay que ser igual de duro con la doctrina. ¡Que viva la música! se cierra con una letanía de consejos que eleva el exceso, la droga y la muerte temprana a programa de vida. Como literatura es un retrato feroz de una juventud que se consume. Como consigna es una mentira, y su autor fue la primera víctima de ella. Un país serio enseña la novela con el expediente al lado, no con un afiche.
Nada de esto rebaja la obra. Caicedo escribió entre los 15 y los 25 años cuentos, teatro, crítica de cine, una novela y casi doscientas cartas publicadas, y esa obra se sostiene sola. Precisamente por eso no necesita un cadáver que la avale.
Arango: el nadaísmo juzgado por su fundador
El caso de Gonzalo Arango es distinto y conviene no confundirlos. Arango no se suicidó ni se destruyó: murió el 25 de septiembre de 1976 en un accidente de carretera, cuando el taxi en que viajaba hacia Villa de Leyva chocó contra un camión. Lo que debe juzgarse en él no es una muerte, sino un programa.
El programa fue el nadaísmo, y su propósito declarado en el manifiesto de 1958 era “No dejar una fe intacta ni un ídolo en su sitio” (reseña biográfica). No era una metáfora. Ese mismo año los nadaístas quemaron libros en la Plazuela de San Ignacio de Medellín. En 1959 sabotearon el Primer Congreso de Intelectuales Católicos, y Arango terminó en la cárcel de La Ladera. En 1961 el grupo protagonizó un sacrilegio en la Catedral Metropolitana, aunque Arango negó siempre haberlo autorizado, como recuerda El Colombiano.
Llamemos a eso por su nombre. Quemar libros, reventar la reunión de quienes piensan distinto y profanar lo que un pueblo entero tiene por sagrado no es pensamiento crítico. Es vandalismo con manifiesto. Una vanguardia que sólo sabe demoler no emancipa a nadie: deja escombros y le pone un nombre elegante.
El juez más severo del nadaísmo no fue un obispo ni un académico. Fue Gonzalo Arango. En 1963 declaró cancelada su etapa de desesperación nihilista y derrotista, y sus compañeros respondieron quemándolo simbólicamente en el Puente Ortiz de Cali (Las2orillas). En 1970 anunció que abandonaba el movimiento que había fundado. Desde 1971, junto a Angela Mary Hickie, su Angelita, volvió a posiciones religiosas y místicas, y de ahí salieron Providencia (1972) y Fuego en el altar (1974).
El hombre que había prometido no dejar una fe en pie murió buscando la suya, dedicado, según la misma crónica de El Colombiano, a las enseñanzas de Cristo. Esa trayectoria no es una anécdota sentimental. Es el veredicto de un testigo de primera mano: la nada, vivida a fondo durante doce años, no le alcanzó a su inventor.
La justicia obliga a una precisión. La fe final de Arango fue una mística cristiana íntima, no un regreso documentado a la práctica parroquial. No hace falta exagerarla para que pese. Basta con no esconderla.
La ruptura se celebra, la reconciliación se calla
Una cultura intelectualmente madura debe ser capaz de reconocer la relevancia literaria de un autor sin convertir sus conductas destructivas en virtudes. Y debe examinar con la misma seriedad sus momentos de transgresión y sus búsquedas finales de fe.
Colombia no lo hace, y el caso de Arango lo prueba con fechas. Cuando rompió con todo, fue profeta. Cuando rompió con la ruptura, fue traidor: así llamaron sus compañeros a su salida de 1970. Su giro espiritual se despachó como un capricho inducido por una mujer: Alberto Aguirre, su amigo y abogado, redujo a Angelita a la caricatura de una extranjera hippie y cursi. Eduardo Escobar, viejo nadaísta, recuerda aquel giro con humor, como idas y venidas de un hombre enamorado.
El patrón sigue intacto en 2026. Cuando el director del Caro y Cuervo menciona el final documentado de Arango, la prensa informa que lo interpretó desde una perspectiva religiosa, como si la religión la hubiera puesto el intérprete. La puso Arango. Recordarlo no es predicar: es terminar de leer la biografía.
Con Caicedo la honestidad exige otra cosa. En las fuentes consultadas para este texto no aparece una conversión religiosa al final de su vida, y sería deshonesto fabricársela. Lo documentado es una búsqueda sin puerto: apostó por el cine y la literatura como formas de salvación, y no le alcanzaron. Lo documentado es también que en su último día fue a sentarse a la mesa de sus padres.
Lo que la cultura calla de Caicedo no es una fe. Es una enfermedad. El mito necesita que haya muerto por una idea, y por eso esconde la clínica, los dos intentos previos y el terror del que habla su hermana. Con Arango se esconde la fe; con Caicedo, el diagnóstico. En ambos casos se conserva la parte que vende y se entierra la que incomoda.
Si la cultura celebra la ruptura pero silencia la reconciliación, si glorifica la autodestrucción pero considera incómoda la recuperación de un horizonte espiritual, no está ejerciendo una crítica libre. Está imponiendo sus propios límites ideológicos a aquello que dice defender.
Sancionar la autodestrucción: a quién sí y a quién no
Una sociedad que se toma en serio la vida tiene que sancionar la autodestrucción. La pregunta estricta es dónde cae la sanción, porque si cae en el lugar equivocado mata.
La sanción debe caer, con toda su fuerza, sobre el premio. Ni prestigio, ni leyenda, ni mercadeo del abismo. El suicidio y la ruina deliberada por la droga son males, no estilos, y hay que decirlo así en el aula, en la reseña y en el homenaje. Se conmemoran las obras y los nacimientos; no se celebra una sobredosis como si fuera un punto final bien puesto.
La sanción debe caer también sobre quienes fabrican el mito. La moral católica que invoca Vélez es aquí más severa que sus críticos y más precisa que sus defensores. El Catecismo declara el suicidio gravemente contrario al amor de sí mismo, del prójimo y de Dios (n. 2281). Añade que la gravedad aumenta cuando se propone como ejemplo a los jóvenes, y llama escándalo a la conducta de quienes, desde la moda o la opinión pública, arrastran a otros al mal (nn. 2282 y 2284-2286). El editor que vende la muerte joven como rebeldía encaja en esa definición mejor que el muchacho que murió.
La sanción no debe caer sobre el que sufre. No por blandura, sino por rigor. El mismo Catecismo enseña que los trastornos psíquicos graves y la angustia pueden disminuir la responsabilidad de quien se quita la vida, que no se debe desesperar de su salvación y que la Iglesia ora por ellos (nn. 2282-2283). Quien pide castigo para el suicida en nombre de la fe pide más de lo que la fe pide.
La salud pública llega al mismo punto por otro camino. Las recomendaciones de la OMS para medios piden expresamente no glorificar ni romantizar el suicidio, porque el contagio por imitación está documentado, como resume la OPS. Y en 2023 la misma OMS señaló la despenalización del suicidio y de sus intentos como un área fundamental de la prevención. La misma evidencia que condena el aplauso desaconseja el castigo a la persona.
La regla es simple y es dura. Al que aplaude, reprobación sin atenuantes. Al que está al borde, un médico, una familia y, si la busca, una fe. Confundir a uno con otro es el error que ningún defensor de la vida puede permitirse.
Un país que no puede permitirse una estética de la muerte
Colombia no discute esto desde la comodidad. Lo discute con más de 16.000 muertes violentas al año entre homicidios y suicidios.
En Colombia se registraron 13.726 homicidios en 2025, frente a 13.497 en 2024, con una tasa de 25,8 homicidios por cada 100.000 habitantes, aproximadamente 17 puntos por encima del promedio mundial, según El Tiempo, con datos del Ministerio de Defensa. En materia de salud mental, se reportaron 2.823 suicidios en 2025 —2.209 hombres y 614 mujeres—, frente a 3.301 casos en 2024, según Portafolio y Minuto60, con datos de Medicina Legal. Sin embargo, los suicidios entre adolescentes de 12 a 17 años aumentaron un 15 % entre 2024 y 2025, lo que evidencia la gravedad de este problema entre la población joven.
El rigor obliga a leer la tabla completa. El total de suicidios bajó en 2025. Pero subió justamente entre los adolescentes, y el suicidio es la tercera causa de muerte entre los colombianos de 15 a 29 años. Ese es el público al que se le entrega a Caicedo envuelto en leyenda.
Conclusión
Sergio Esteban Vélez puso el dedo en la llaga, y la reacción lo confirma: duele donde hay herida. Colombia ha tratado la autodestrucción de sus escritores como un mérito y su reconciliación como una vergüenza. Ha preferido al Arango que quemaba libros sobre el Arango que buscaba a Dios, y al Caicedo del afiche sobre el Caicedo de la clínica.
Una cultura adulta lee a los dos completos. Reconoce la obra sin canonizar la ruina. Llama mal al mal, incluso cuando viene bien escrito. Y entiende que la severidad con el mito y la compasión con el enfermo no se contradicen: son la misma defensa de la vida, aplicada a dos destinatarios distintos.
Dejar de aplaudir el abismo no es censura ni sermón. Es lo mínimo que un país le debe a quien hoy, con quince o con veinticinco años, está parado en el borde y mira hacia donde aplauden.
Fuentes
- Cambio: “El sermón de Yerbabuena”, 3 de octubre de 2026. Contenido de los videos, fechas y reacciones.
- Minuto60: la polémica por el video sobre Caicedo, 2 de octubre de 2026.
- Las2orillas: perfil de Vélez y reacción de Rosario Caicedo, 2 de octubre de 2026.
- Rosario Caicedo: “El suicidio de Andrés Caicedo, 43 años después”, Las2orillas, 2020. Último día y carta de 1975.
- Las2orillas: homenaje en Tuluá a los 40 años de su muerte, 2017. Testimonio de Rosario Caicedo.
- Las2orillas: reseña de la Correspondencia, 2020. Intentos previos y hospitalización.
- La Gaceta: perfil de Caicedo. Víspera y últimas cartas.
- Lecturalia: ficha de Mi cuerpo es una celda. Cine y literatura como salvación.
- Wikipedia: Gonzalo Arango. Cronología del nadaísmo, retiro de 1970, etapa mística y muerte.
- El Colombiano: “Nadaísmo, 50 años de un sacrilegio”. Hechos de la Catedral y etapa final.
- Las2orillas: “El verdadero Gonzalo Arango”. Ruptura de 1963.
- Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2280-2287.
- OPS: cobertura responsable del suicidio, 2017, y OPS: recursos de la OMS sobre prevención y despenalización, 2023.
- Portafolio y Minuto60, septiembre de 2026. Cifras de suicidio de Medicina Legal.
- El Tiempo: balance de homicidios de 2025, enero de 2026.
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